July 26, 2017

EE.UU., UNA DERECHA EN RETIRADA.

En los últimos 17 años la sociedad norteamericana ha sufrido una transformación gradual pero radical en sus principios y sus valores. En 1980, Ronald Reagan encontró un pueblo desesperanzado dirigido por la mano pesimista de Jimmy Carter. Una economía en ruinas con altos niveles de inflación y de desempleo, así como tasas de intereses de dos dígitos. Una nación que, en el plano internacional, había perdido el respeto de sus aliados y no inspiraba miedo a sus adversarios.

La izquierda pusilánime en lo interno y apaciguadora en lo externo había fracasado; pero no se veía una fórmula capaz de superar la crisis y que resultara atractiva a las mayorías nacionales. Ronald Reagan hizo el milagro de poner de moda a la filosofía conservadora. Lo hizo a base de carácter, carisma y sentido común. Para el final de su primer mandato el pueblo había recuperado la esperanza y la nación descansaba sobre cimientos sólidos.

Con la salida de Reagan de la Casa Blanca en 1988 las cosas comenzaron a cambiar. La izquierda vio una brecha y se dedicó a la tarea de recuperar el terreno perdido con una intensidad sin precedentes. Los republicanos, desorientados y desbandados, en vez de ofrecer resistencia, empezaron a batirse en retirada. Bush padre dilapido su capital político del triunfo en la primera guerra del golfo y perdió las elecciones de 1992. La izquierda regresó a la Casa Blanca con un Bill Clinton que supo esconder su ideología.

Bush hijo, abochornado de su conservadurismo, inventó el mejunje ideológico del “conservadurismo compasivo” y se dedicó a gastar como un “marinero borracho” para congraciarse con las izquierdas. Como si los conservadores no fuéramos compasivos y las izquierdas tuvieran un monopolio en la compasión. Así llegamos a un 2008 en que Barack Obama y su caterva de derrochadores, demagogos, agitadores y apaciguadores se dieron a la tarea de darle marcha atrás a los logros de Ronald Reagan. El mismo Obama, con su arrogancia característica, dijo desde un principio que él sería para la izquierda lo que Reagan había sido para la derecha. Y con Obama, la izquierda regresó con fuerza y, como de costumbre, trajo consigo la dependencia, la confrontación y la miseria.

De ahí que el panorama de este 2015 sea verdaderamente aterrador para quienes creemos en el Evangelio de Jesucristo, en el respeto de la vida humana, en la santidad del matrimonio, en la armonía entre las razas, en la responsabilidad del individuo y en la tolerancia de la opinión ajena. Hoy nos gastamos un presidente que, aunque dice profesar la religión cristiana, resucita errores milenarios del cristianismo y dijo en El Cairo que los Estados Unidos “no eran una nación cristiana”. Que, en su admiración por el Islam, no sólo se niega a describir el terrorismo como “islámico” sino incluso a identificar al enemigo como terrorista.

No tengo la más mínima duda de que esa es una de las razones por las cuales el cristianismo se encuentra bajo ataque por las fuerzas seculares de izquierda en este país. Y para vergüenza de nosotros los católicos no ha habido un solo obispo o arzobispo de nuestra iglesia que se haya enfrentado abiertamente a estos ataques. Asunto destacado por un católico militante como Bill O”Reilly de la cadena noticiosa de Fox News. Ese mérito de la defensa de Jesucristo ha quedado reservado para el Pastor Evangélico Franklin Graham, como su padre Billy un hombre de Dios que no se abochorna de su religión, de su patria, ni su de bandera.

Otro síntoma ominoso de nuestros tiempos ha sido el reciente fallo del Tribunal Supremo declarando la legalidad de los “matrimonios” entre personas del mismo sexo. Según la encuestadora Gallup, en 1996,el 68 por ciento de los norteamericanos se oponían al matrimonio entre personas del mismo sexo. En el 2012, la aceptación de este tipo de uniones había ascendido al 53 por ciento de los encuestados.

Por mi parte, siendo como soy defensor de la clausula constitucional de “equal protection under the law”, no tengo objeción a este tipo de uniones siempre que no se les califique como “matrimonio”. La sagrada institución del matrimonio debe ser reservada, según lo estipula la biblia, para la unión entre un hombre y una mujer. No admito que nadie pretenda obligarme a renunciar a mi fe y a mis principios para satisfacer los caprichos de otras personas, sean o no mayoría en las encuestas. Bien lo dijo Gandhi: “En asuntos de conciencia, la mayoría no cuenta”.

La armonía entre las razas ha sido otra de las víctimas en este resurgimiento de la izquierda como poder definitorio del dialogo nacional norteamericano. La elección del primer presidente negro creó grandes esperanzas entre los norteamericanos de todas las razas en cuanto al logro de una armonía racial en el país. El resultado ha sido todo lo contrario. De nuevo, según la encuestadora Gallup, en 2009, recién electo Barack Obama, sólo el 18 por ciento de los norteamericanos se confesó “extremadamente preocupado” por el racismo en los Estados Unidos.

Seis años después, en 2015, la cifra ha subido al 28 por ciento de los encuestados. Las corrosivas declaraciones del presidente sobre conflictos raciales y su estrecha relación con mercaderes del racismo como Al Sharpton han revivido un fuego que llevará años en aplacar. Por mi parte, aunque aborrezco todo tipo de discriminación, me reservo el derecho a escoger a mis amigos y a negarle mi amistad a cualquier ser humano, cualquiera que sea el color de su piel.

Otro grito de batalla de la izquierda ha sido acusar a los conservadores, especialmente a los republicanos, de haber desatado una guerra contra las mujeres con su oposición al aborto al por mayor. En este tema el cambio ha sido radical y acelerado. Tan reciente como mayo de 2012, las fuerzas defensoras de la vida en los Estados Unidos superaban a los proponentes del aborto por una proporción de 50 a 41 por ciento. Este año 2015, el 50 por ciento de los norteamericanos se declaró partidario del aborto, aunque con algunas limitaciones, frente al 44 por ciento que se declaró defensor de la vida del no nacido. En lo que a mí respecta, si tengo que escoger entre la vida de una criatura que ha venido al mundo por la voluntad de otros y la conveniencia de quien, después de concebirla, no está dispuesto a asumir su responsabilidad de criarla, me pronuncio siempre a favor del no nacido. Me niego a ser cómplice de lo que mis principios califican como asesinato.

Pero lo que constituye una verdadera paradoja y un acertijo difícil de descifrar es que toda esa preponderancia de la izquierda se produce dentro de un panorama en que sus fuerzas son minoritarias. Todas las encuestas realizadas hasta el momento muestran que la mayoría de los norteamericanos se describen como conservadores. En 2014, el 38 por ciento de los norteamericanos dijeron ser conservadores, el 34 por ciento moderados y el 24 por ciento radicales, o de izquierda.

Ahora bien, el éxito de la izquierda ha estado basado en su presencia en la gran prensa, su mayoría en los claustros universitarios y su control de los sindicatos, sobre todo el de maestros. Pero su arma más poderosa ha sido la diatriba y la pasión con la que vituperan y deshumanizan a sus adversarios. Cuando se les acaban los argumentos te califican de racista, de homofóbico o de sexista. Quién lo dude sólo tiene que mirar la andanada de vituperios que ha recibido Donald Trump por sus comentarios sobre inmigración y seguridad en las fronteras.

Podemos estar o no de acuerdo con este petulante de Donald Trump pero tiene todo el derecho a decir lo que dijo. Se lo garantiza la propia Constitución de los Estados Unidos en su Primera Enmienda: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa…”

A aquellos que califiquen sus palabras como “discurso de odio” los refiero a los comentarios del profesor de derecho Eugene Volokh, de la Universidad de California en los Ángeles (UCLA), en sí un nido de izquierdistas, quien dijo: “Las ideas que nos resulten odiosas también están protegidas por la Primera Enmienda….Tenemos el derecho a condenar a los musulmanes, los judíos, los blancos, los negros y los inmigrantes ilegales, tal como podemos condenar el capitalismo, el socialismo, a los Demócratas o a los Republicanos.”

Este breve recorrido por la realidad tormentosa de nuestros días debe dejar bien claro que, si los norteamericanos quieren preservar la democracia y la libertad que con tantos esfuerzos y sangre conquistaron, tienen que regresar a los principios y los ideales de sus Padres Fundadores. Según ellos la soberanía reside en la voluntad popular y los gobernantes son sólo sirvientes transitorios de su pueblo. Aunque los Ronald Reagan son una extraña planta que crece con muy poca frecuencia en el curso de la historia de cualquier país, quiera Dios que uno de sus discípulos sea devuelto a la Casa Blanca en las elecciones de 2016.

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